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Desgranando el 23F VII, golpe de estado

El 23 de febrero Tejero es un manojo de nervios. En el cuartel general de montaña, rodeado de sus fieles capitanes, se convoca a todos los guardia civiles disponibles en ese momento. La mayoría no saben quien es ese señor de bigote que grita tanto tan cabreado. Les exhorta a que suban a los autobuses porque  ETA ha secuestrado el congreso de los diputados y España está en peligro. Nadie se mueve. La intervención de Gómez Iglesias, agente secreto del CESID, es providencial y su arenga sí tiene éxito y los guardia civiles se precipitan a los autobuses. Los conductores de dichos autobuses también son agentes secretos del CESID, así como los vehículos que les rodean, perfectamente camuflados y que nadie distingue de cualquier otro coche. Llegan sin incidentes al c0ngreso y los policías nacionales que allí guardan el edificio se quedan patidifusos y sin reacción viendo cómo sus compañeros les desarman y se apoderan de sus puestos. Tejero vive su momento de gloria, con el que tanto había soñado, se adelanta a todos y entra solo al hemiciclo, pistola en mano. Sube los escalones de la tribuna de oradores y dice sus famosas palabras. Nadie le hace caso. Se oye ruido y entran sus compañeros. Amenazas, bronca, conato de pelea, a alguien se le escapa el gatillo, disparos. Nada está saliendo tal y como se había fijado por las brillantes mentes organizadoras del CESID. Los diputados se han tirado al suelo asustados, algunos porque no tenían ni idea de nada y siguen a la masa, y la mayoría, que sí sabían perfectamente lo que iba a suceder, porque ese no era el guión escrito y empiezan a sentir terror del monstruo creado por ellos mismos. Pero hay tres personajes que se salen del guión. Gutiérrez Mellado, ministro de defensa, que sí sabía que se organizaba un golpe de estado pero que no creyó a Armada, porque siempre pensó que el ejército nunca desobedecería la escala de mando. Suárez, perfectamente informado de los movimientos de los militares pero que pensaba que con su jugada de la dimisión desbarataba los planes golpistas. Y Carrillo, el menos informado de todos, templado por la guerra civil y el asedio de Madrid, pero que aún no es consciente de la traición que algunos miembros de su partido, Tamames y Turá, han llevado a cabo sumándose a los planes de Fraga. A los diputados se les dice que en media hora se presentará la autoridad que dispondrá lo que haya que disponer. Armada había dicho a todos que en quince minutos estaría en la Zarzuela. Pero alguien, también fuera de guión, se interpondrá en los planes prefijados: Sabino Fernández Campo.